El santuario del «como si»: ¿Estamos acortando la infancia?
Alfareros de papel
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El derecho a no crecer antes de tiempo: Por qué proteger el juego simbólico frente a las pantallas
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Existe un territorio invisible, pero sagrado, que se construye entre los 2 y los 7 años. En psicología lo llamamos la función semiótica o simbólica; en la vida diaria, lo llamamos simplemente «juego». Es ese instante en el que una caja de cartón deja de ser celulosa para convertirse en un cohete o una casa, o donde un simple pañuelo de seda es el océano que separa a una niña de su próxima aventura.
En nuestra reciente campaña de Navidad decíamos que «aquí, jugar importa». No era soólo un lema; era una declaración de resistencia frente a la prisa. Hoy, queremos dar un paso más en esa brecha de calma con una convicción que nace de la observación clínica y el amor: «si sabes cómo juega, sabes qué ofrecerle». Pero para que ese saber ocurra, el juego debe existir. Y hoy, el juego está en peligro. -
"Si el niño es capaz de entregarse por completo al mundo en su juego, en su vida adulta será capaz de dedicarse con confianza y fuerza al servicio del mundo"
(Rudolf Steiner) -
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La erosión del mundo simbólico
Estamos asistiendo a un fenómeno silencioso: el acortamiento sistemático de la infancia. La entrada prematura de la tecnología en edades tan críticas como los 5 o 6 años no es nada más una cuestión de «tiempo de pantalla»; es una interrupción en la arquitectura del pensamiento.
Cuando un peque se sumerge en una Tablet o un dispositivo, el estímulo es externo, masticado y unidireccional. El algoritmo decide por él/ella. En cambio, cuando juega con materiales nobles —madera, barro, telas o figuras sencillas—, la imagen nace de dentro hacia fuera. El juego simbólico es el gimnasio de la abstracción. Si sustituimos el esfuerzo de imaginar por la pasividad del píxel, estamos privando al cerebro de su capacidad para simbolizar, para ensayar la realidad y para procesar sus propios miedos y deseos.
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Si dejas de ver cómo juega, dejas de conocerle
Como padres, abuelxs, acompañantes y educadores, la observación es nuestra herramienta más poderosa. El juego es el lenguaje que los niños utilizan para contarnos quiénes son. En la forma en que un niño organiza sus miniaturas, en cómo cuida a un muñeco o en cómo resuelve un conflicto entre dos bloques de madera, hay un mapa detallado de su mundo interno.
Por eso, defender el juego a los 6 años es una urgencia social. Reivindicar que sigan jugando a las cocinitas, a los médicos o a construir ciudades imposibles no es un capricho nostálgico; es proteger la base de su salud mental futura.
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Si el niño deja de jugar para ser un espectador pasivo, ese mapa, ese lenguaje que nos cuenta quiénes son, se borra. Si el juego se apaga, el niño se vuelve mudo ante nuestra mirada.
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No vendemos juguetes, cuidamos infancias
En este espacio, nuestra misión trasciende el objeto. Entendemos que un juguete no es un fin, sino un medio. Un puente que permite que ese «mundo simbólico» siga creciendo, robusto y sereno, lejos del ruido azul de las pantallas que todo lo aceleran.
Cuidar la infancia es, en esencia, proteger el ritmo. Es permitir que el niño sea el protagonista de su propio juego, y no el usuario de una aplicación. Porque solo cuando permitimos que el juego ocurra de forma orgánica, podemos cumplir nuestra promesa: observar con atención para entender qué necesitan realmente.
Si recuperamos el espacio del juego libre, recuperamos la capacidad de conectar con ellos. Porque, al final, si sabes cómo juega, sabes quién es.
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¡Hasta la próxima, familias!




