Juego libre y asombro: la clave de los resultados PISA

10/09/2026
  • Lo que el informe PISA 2026 nos recuerda sobre el asombro

  • Esta semana ha vuelto a hablarse de PISA. Los titulares dicen lo que ya intuíamos desde hace tiempo: España registra su peor resultado desde el año 2000 en matemáticas y lectura, y se sitúa por debajo de la media de la OCDE también en ciencias. La comprensión lectora es donde el golpe duele más, muestra un retroceso que muchos expertos relacionan con la proliferación de pantallas y con una forma de leer cada vez más fragmentada, incapaz de sostener la atención más allá de unos pocos párrafos.

    Se han escrito ya muchos análisis sobre las causas. Nosotros no vamos a entrar en el debate metodológico ni en las comparativas internacionales. Preferimos mirar el problema desde donde lo vemos cada día, detrás del mostrador: en cómo juegan los niños que entran en la tienda, en lo que piden sus familias, en lo que cuesta hoy sostener diez minutos de atención sin una pantalla de por medio.

  • El asombro no se enseña, se cultiva

    Hay una diferencia entre entretener a un niño y dejar que se asombre. Entretener es llenar el tiempo; asombrarse es detenerse. Un niño que descubre que una torre de bloques se cae si la construye demasiado deprisa no está "aprendiendo física" en el sentido escolar de la palabra pero está teniendo una experiencia directa con la causalidad, con el equilibrio, con la proporcionalidad y la gravedad. Y sobre todo, con el tiempo, con la frustración y con el volver a intentarlo. Esa secuencia, repetida miles de veces a lo largo de la infancia en formas distintas, es la que después permite sentarse frente a un problema de matemáticas o un texto largo sin necesitar que alguien más resuelva la incomodidad por uno.

    El juego libre, ese que se despliega naturalmente sin instrucciones, sin pantallas y sin un final predeterminado, es precisamente el terreno donde el asombro tiene espacio para aparecer. No es un juego con un objetivo pedagógico explícito; es tiempo y materiales suficientemente abiertos como para que sea el niño o niña que juega, quien decide qué pasa después. La investigación en desarrollo infantil coincide en algo -que quienes trabajamos con juguetes cada día también observamos-: el juego libre parece particularmente valioso para las competencias de autorregulación.

    ¿Qué es exactamente la autorregulación? Pues nada más y nada menos que la capacidad de sostener la atención, tolerar la frustración y persistir ante una dificultad sin abandonar de inmediato. Y son, no por casualidad, las mismas competencias que exige leer un texto de cuatrocientas palabras o resolver un problema que no se abre con la primera pista.

  • El cuerpo también aprende

    Hay otra pieza que conviene no dejar fuera al intentar analizar los resultados que nos sacuden por demoledores. Parecen revelar una inmadurez en el desarrollo bastante generalizada. En este sentido, no podemos intentar ver los resultados PISA como una imagen fija. Como si lo que antecede en años no tuviera algo que aportar en la comprensión de lo que está ocurriendo con nuestros chicos y chicas. Me refiero a remontarnos a las edades más tempranas, incluso aquellas que preceden el ingreso a la educación formal.

    Está demostrado que el desarrollo neuropsicológico infantil no se construye solo sentados frente a un juguete de mesa, por más rico que sea. Se construye, en buena medida, moviéndose: trepando, saltando, corriendo, perdiendo el equilibrio y recuperándolo. Ese movimiento pone en marcha mecanismos cerebrales que sostienen después la atención, la memoria y las funciones ejecutivas -las mismas que hacen falta para leer un texto largo o resolver un problema complejo-. El sedentarismo infantil, acentuado por las pantallas, no sólo resta horas de juego: resta también horas de movimiento que el cerebro necesita para madurar a su propio ritmo. Y ahí, en esa posible inmadurez neurológica acumulada, podría estar reflejándose en parte lo que el propio informe PISA deja entrever: la caída en comprensión lectora sitúa a los y las adolescentes españolas de 15-16 años con un rendimiento más propio de los 13 años, casi dos cursos por debajo de lo esperado para su edad.

  • Lo que nos dice la experiencia en juego e infancia


    No tenemos datos de PISA propios, pero si una formación profesional como psicólogo y muchos años de experiencia. Y lo que observo es consistente: los juguetes que generan más conversación, más vueltas a la tienda, más "esto le encantó y ha jugado muchísimo con él", no suelen ser los juguetes que hacen algo por sí solos, sino aquellos que se quedan a medio camino, es decir, los que invitan, los que necesitan que el niño o niña complete lo que falta aportando imaginación, creatividad y su propia fantasía. Juguetes flexibles y abiertos que son capaces de adaptarse a las exigencias de su juego, de su desarrollo y de sus necesidades. Una construcción sin instrucciones, unas piezas sueltas, un material sensorial sin más finalidad que la que le dé quien lo toca. Ahí es donde vemos aparecer esa concentración particular, ese "estado de flow" que experimenta quien se ha olvidado de que alguien lo está mirando.

    No decimos que un juguete cambie un resultado PISA. Decimos algo más modesto y más honesto: que las condiciones que hacen posible el aprendizaje sostenido, a saber, la atención prolongada, la tolerancia a la dificultad, la curiosidad que no necesita premio inmediato, el juicio crítico, se entrenan mucho antes de que un niño se siente ante un examen. Se entrenan, entre otras cosas, jugando. Jugando de verdad, con otros pares, en contacto con la naturaleza, sin pantallas ni algortimos, creando vínculos y sin prisa.
  • Antes de que se nos olvide...

    Estoy segura de que el dato de PISA no tiene una sola causa ni una sola solución, y desde luego no está en nuestra mano ofrecerla. Pero si algo tengo meridianamente claro es que el tiempo de juego no es tiempo perdido, ni mucho menos un lujo que debe ser sacrificado cuando llegan las prisas del calendario escolar. Es, probablemente, una de las inversiones más silenciosas y menos medibles que hacemos en la capacidad futura de un niño y niña para aprender. Es el mecanismo más natural de entender el mundo y su lugar en él. Es la vía privilegiada para el autoconocimiento y absolutamente indispensable para el sano desarrollo cognitivo, social y emocional.

    Antes de que se nos olvide jugar, vale la pena recordarnos para qué sirve...

    ¡Hasta la próxima, familias!


Alfareros de papel


Doctora en Psicología por la UAM. Madre de dos hijos y una enamorada del juego. He dedicado más de 20 años al tema de la infancia y al estudio del vínculo entre juego y desarrollo emocional y cognitivo.

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