Juego libre, neurodesarrollo y PISA: la arquitectura del aprendizaje sostenido
Alfareros de papel
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Lo que el informe PISA 2026 nos recuerda sobre el asombro
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Esta semana ha vuelto a hablarse de PISA. Los titulares dicen lo que ya intuíamos desde hace tiempo: España registra su peor resultado desde el año 2000 en matemáticas y lectura, y se sitúa por debajo de la media de la OCDE también en ciencias. La comprensión lectora es donde el golpe duele más, muestra un retroceso que muchos expertos relacionan con la proliferación de pantallas y con una forma de leer cada vez más fragmentada, incapaz de sostener la atención más allá de unos pocos párrafos.
Cada vez que se publican los datos del Informe PISA, el debate público tiende a concentrarse en los síntomas de la educación secundaria: el retroceso en comprensión lectora, las dificultades en razonamiento matemático y la incapacidad para sostener la atención frente a la cultura de la inmediatez. Sin embargo, para comprender por qué a un adolescente de quince años le cuesta concentrarse ante un texto complejo o perseverar frente a un problema abstracto, conviene desplazar la mirada hacia los cimientos: las bases del neurodesarrollo que se construyen durante la primera infancia.
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La arquitectura de las funciones ejecutivas
El juego libre no es una solución directa ni una fórmula mágica para resolver un examen estandarizado, pero sí representa el ecosistema natural en el que madura la corteza prefrontal. Cuando una niña o un niño interactúa con materiales abiertos —bloques de madera, piezas sueltas o elementos sensoriales sin un final predeterminado—, activa circuitos neuronales esenciales para el aprendizaje posterior. La autorregulación, la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control inhibitorio (la capacidad de diferir la gratificación y tolerar la frustración) no se asimilan mediante instrucción formalizada a edades tempranas, sino que se entrenan activamente a través del ensayo, el error y la indagación autónoma.
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El cuerpo y el espacio como antesala del pensamiento abstracto
El desarrollo cognitivo está profundamente arraigado en la experiencia motora. Saltar, trepar, perder el equilibrio para volver a recuperarlo y explorar el entorno físico aportan la integración sensorial que el cerebro necesita para conceptualizar nociones espaciales y matemáticas en etapas posteriores. El sedentarismo y la exposición prematura a entornos digitales sustituyen esta exploración corporal por una estimulación hiperdopaminérgica que fragmenta la atención. Un cerebro al que se le resta tiempo de movimiento y aburrimiento creativo difícilmente podrá habitar la calma que exige la lectura profunda.
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Del juego simbólico a la comprensión lectora
La capacidad de interpretar un texto largo no nace el primer día de colegio. Se cultiva desde la cuna a través de la narración oral, la lectura compartida y el juego simbólico. Los juguetes flexibles y la literatura infantil tienen un rasgo en común: no lo dan todo hecho. Exigen que quien los sostiene aporte su imaginación y complete el sentido. Frente a los objetos pasivos que actúan por sí solos, los materiales abiertos y los libros devuelven la agencia a la infancia, enseñándole a sostener relatos prolongados y a cultivar la concentración fluida.
El tiempo de juego no es un paréntesis en la formación académica ni un lujo prescindible; es la inversión estructural que permite al cerebro aprender a aprender. Antes de evaluar el rendimiento al final del camino, necesitamos asegurar el asombro y el movimiento en el origen.
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El asombro no se enseña, se cultiva
Hay una diferencia entre entretener a un niño y dejar que se asombre. Entretener es llenar el tiempo; asombrarse es detenerse. Un niño que descubre que una torre de bloques se cae si la construye demasiado deprisa no está "aprendiendo física" en el sentido escolar de la palabra pero está teniendo una experiencia directa con la causalidad, con el equilibrio, con la proporcionalidad y la gravedad. Y sobre todo, con el tiempo, con la frustración y con el volver a intentarlo. Esa secuencia, repetida miles de veces a lo largo de la infancia en formas distintas, es la que después permite sentarse frente a un problema de matemáticas o un texto largo sin necesitar que alguien más resuelva la incomodidad por uno.
El juego libre, ese que se despliega naturalmente sin instrucciones, sin pantallas y sin un final predeterminado, es precisamente el terreno donde el asombro tiene espacio para aparecer. No es un juego con un objetivo pedagógico explícito; es tiempo y materiales suficientemente abiertos como para que sea el niño o niña que juega, quien decide qué pasa después. La investigación en desarrollo infantil coincide en algo -que quienes trabajamos con juguetes cada día también observamos-: el juego libre parece particularmente valioso para las competencias de autorregulación.
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Antes de que se nos olvide...
Estoy segura de que el dato de PISA no tiene una sola causa ni una sola solución, y desde luego no está en nuestra mano ofrecerla. Pero si algo tengo meridianamente claro es que el tiempo de juego no es tiempo perdido, ni mucho menos un lujo que debe ser sacrificado cuando llegan las prisas del calendario escolar. Es, probablemente, una de las inversiones más silenciosas y menos medibles que hacemos en la capacidad futura de un niño y niña para aprender. Es el mecanismo más natural de entender el mundo y su lugar en él. Es la vía privilegiada para el autoconocimiento y absolutamente indispensable para el sano desarrollo cognitivo, social y emocional.
Antes de que se nos olvide jugar, vale la pena recordarnos para qué sirve...
¡Hasta la próxima, familias!




